sábado, 20 de diciembre de 2008

EL INTERPRETE FRENTE A SÍ MISMO

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Este artículo es una síntesis de algunos de los conceptos
que sobre el tema ha escrito Monique Deschausses en su libro
EL INTERPRETE Y LA MÚSICA.
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«No temas avanzar lentamente, ten sólo miedo a detenerle.»
(Proverbio chino.)

Ante la inmensa tarea que aguarda al intérprete, podemos llegar a preguntarnos quién le inspira, quién se esconde detrás de él. ¿Ha concluido realmente su camino? ¿Está preparado para vivir su vida de intérprete?
Pero antes de analizar su itinerario, planteemos las cuestiones obligadas: ¿Qué es un intérprete? ¿Quién debe serlo? ¿Cuál es su misión? ¿Qué fuentes profundas le motivan?
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En el sentido etimológico del término —inter-prestare—, el intérprete, por su propia definición, es un vinculo, un intermediario, un transmisor- Su misión consiste en nacer inteligible un texto que, sin él, sería letra muerta. Los traductores-intérpretes nos permiten comprender una lengua desconocida, extraña. La palabra expresa claramente lo que quiere decir; son, pues, lazos indispensables para la comunicación.
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En música, el intérprete tendrá que ponemos en relación con el compositor por medio de sus partituras, es decir, deberá devolver la vida a los signos que son el lenguaje cifrado de un psiquismo humano. Serán indispensables grandes conocimientos para esta recreación;
más adelante lo veremos y analizaremos en detalle el desciframiento de esos signos.
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Mas ¿qué valor tendrá ese saber y esos conocimientos si el intérprete no los vive profundamente y no llega a encarnarlos?
Estamos aquí ante el gran misterio de la música, ante un arte inmaterial e inefable. La partitura más bella del mundo puede permanecer muerta en el rincón de una biblioteca en espera de que un intérprete le devuelva a la vida. Pero aunque renazca, ¿no lo hará de una manera efímera, fugitiva? En algún momento de nuestra existencia hemos podido quedar impresionados por una interpretación sublime que nunca más volveremos a oír con tan extraordinaria calidad. Sin embargo, la música no deja de ser eterna por el hecho de que deje de percibirse; es eterna desde el instante en que se escribió, como perdurable es el hombre; y es fugitiva su interpretación como lo es la existencia de todo ser que nace, vive y muere. ¡Qué sorprendente analogía entre la música y la vida! ¿No estará ahí la diferencia esencial entre la música y el resto de las artes, en que éstas se muestran accesibles a otros sentidos aparte del alma? ¿No radicará en eso, acaso, su superioridad espiritual haciéndonos calibrar mejor el tiempo humano respecto a la eternidad?
Ejemplos:
Si deseo ver el Partenón, no tengo más que subir a la Acrópolis y allí lo encontraré, siempre presente y siempre el mismo, aunque el juego de las luces incidiendo sobre las piedras lo renueven incesantemente y aunque lo contemple desde perspectivas diversas. ¿Siento la necesidad de volver a ver determinados Rembrandt que me impresionaron en mi juventud? No tengo más que visitar los museos de Londres o de Amsterdam. Un texto literario, una obra teatral me serán a veces más comprensibles interpretadas por el talento de unos grandes actores... Pero, a pesar de ello, me bastará con saber leer para penetrar en sus páginas y reproducir su contenido según mi propia imaginación. En cambio, si abro una partitura sin haber estudiado y aprendido música, me toparé con un absoluto silencio transido de algo desconocido y vacío.

No nos hace falta intermediario alguno para establecer comunicación con un cuadro, con una forma arquitectónica, con un texto literario si está escrito en lengua conocida.

El intérprete, sin embargo, se hace indispensable para poder penetrar en el misterio impalpable del lenguaje musical y transformar el silencio que envuelve una partitura en una fuente sonora y expresiva, Es, pues, el intérprete el depositario absoluto de esta vida que brotará e irradiará de allí o que no llegará a nacer. ¡Qué magnífica y colosal misión!
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Por supuesto, el intérprete deberá adoptar siempre una actitud humilde ante el compositor, reconociéndole como creador que es. Debe aquél comprender su papel y aceptar que sirve a alguien que es más grande que él: pero ser re-creador, engendrar nuevamente la vida de una partitura, exige unas facultades inmensas y ese don privilegiado de la acogida, de la recepción, de la comprensión de la obra, que transforma en comunión el conocimiento. Sólo cuando se opera en el intérprete esta comunión puede llevar al auditorio a conectar con el misterio vivo de la música.
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El don de la comunión
. Esa gracia privilegiada de la acogida, de la compenetración, ¿es innata?, ¿se adquiere? A pesar de que se trate de dos puntos de partida antitéticos, yo respondería afirmativamente a las dos preguntas.
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INNATO, sin duda alguna.
¿No es un don de receptividad esta maravillosa intuición de la música que poseen los niños? Sin preguntar nada, sin reflexionar, sin un profundo conocimiento del lenguaje musical, ellos tocan y cantan de manera luminosa y con una simplicidad tan evidente que llega al corazón. ¿Será eso la música? ¡Por qué no! Los niños viven en un mundo de fantasía, de imaginación; tienen el sentido del juego, de lo imprevisto, del momento presente, y no conocen aún el precio del tiempo ni de las obligaciones que insensiblemente puede acabar con la vida creadora- CAPTAN; y la música encuentra ahí el terreno ideal para encarnarse en su sencillez-
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Pero ¿por qué desaparece el instinto cuando el niño crece, se hace consciente y traspasa la etapa peligrosa que separa al adolescente del adulto? ¿Por qué los más dotados son presa de la duda y la angustia, arrastrando toda su vida el recuerdo de lo que expresan cuando eran niños o adolescentes? ¿Por qué se alinean en la mediocridad, o bien. decepcionados, abandonan la música? ¿Por qué no llegan a ser obligatoriamente grandes artistas y maestros dominadores de una época?
¿No aparece aquí, otra vez, un impresionante paralelismo entre la música y la vida?
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Aunque innato, este don privilegiado puede también ser ADQUIRIDO y debe y puede evolucionar y manifestarse en otra forma, incluyendo la toma de conciencia, el conocimiento, la cultura y todo cuanto pone al artista en armonía con el hombre convertido en adulto.
Un ser humano pasa por todas las etapas de desarrollo físico, mental, psíquico y espiritual, hasta convenirse en un hombre; necesitará una larga evolución si no quiere parecerse a un vegetal o quedarse anclado en la niñez. El camino del intérprete es idéntico y debe cumplir la ley natural de transfigurar los dones de su infancia: su potencia se hace realidad. La toma de conciencia transforma las facilidades en seguridad y así expulsa la duda y la angustia- La primera intuición queda intacta, pero recibe la llamada para seguir la mutación que se opera entre el niño y el adulto para acceder a una luminosa receptividad. Una receptividad que no debe, bajo ningún pretexto, alterar las sucesivas etapas de toma de conciencia, de búsqueda de conocimiento y de la natural evolución.
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El saber, en el plano humano, al igual que la técnica instrumental y el conocimiento del lenguaje musical en el plano profesional, es solamente un trampolín para liberar las facultades superiores del ser humano y su poder creativo.
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La receptividad es una de esas facultades superiores
Como si de una antena humana se tratara, ella nos permite captar y conectar con ese mundo invisible que nos sobrepasa en el que la música es su más bella expresión.
¿Podría ser la receptividad la forma más desarrollada de la intuición, en su mas alto grado de madurez?
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Ella es la que proporcionará al artista el poder de percibir, de captar, de comprender al compositor hasta en sus más recónditos secretos, de volver a hallar la esencia misma de una partitura en lo hondo de su espíritu, más allá y por encima de la «letra», entendida esta como la totalidad de los signos musicales, pasando así del estudio del SABER al del CONOCIMIENTO.
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Una despierta receptividad capaz de captar lo inefable
hace del gran intérprete un SER-FRONTERA
situado en el límite entre el mundo visible y el invisible, tangible e inmaterial, humano y cósmico, presente e intemporal. Y debido a esta privilegiada situación estará en disposición de realizar su verdadera misión de poner en comunicación lo humano y lo espiritual, de servir de lazo entre las fuerzas de la creación y los seres creados de dar vida a una partitura y comunicarse con el público.

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